Apariciones de en la biblia

Genesis

1.
1Al principio creó Dios el cielo y la tierra.
2La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.
3Dijo Dios: «Exista la luz». Y la luz existió.
4Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla.
5Llamó Dios a la luz «día» y a la tiniebla llamó «noche». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero.
6Y dijo Dios: «Exista un firmamento entre las aguas, que separe aguas de aguas».
7E hizo Dios el firmamento y separó las aguas de debajo del firmamento de las aguas de encima del firmamento. Y así fue.
8Llamó Dios al firmamento «cielo». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo.
9Dijo Dios: «Júntense las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezca lo seco». Y así fue.
10Llamó Dios a lo seco «tierra», y a la masa de las aguas llamó «mar». Y vio Dios que era bueno.
11Dijo Dios: «Cúbrase la tierra de verdor, de hierba verde que engendre semilla, y de árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra». Y así fue.
12La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie. Y vio Dios que era bueno.
13Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero.
14Dijo Dios: «Existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años,
15y sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para iluminar sobre la tierra». Y así fue.
16E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas.
17Dios las puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra,
18para regir el día y la noche y para separar la luz de la tiniebla. Y vio Dios que era bueno.
19Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto.
20Dijo Dios: «Bullan las aguas de seres vivientes, y vuelen los pájaros sobre la tierra frente al firmamento del cielo».
21Y creó Dios los grandes cetáceos y los seres vivientes que se deslizan y que las aguas fueron produciendo según sus especies, y las aves aladas según sus especies. Y vio Dios que era bueno.
22Luego los bendijo Dios, diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad las aguas del mar; y que las aves se multipliquen en la tierra».
23Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.
24Dijo Dios: «Produzca la tierra seres vivientes según sus especies: ganados, reptiles y fieras según sus especies». Y así fue.
25E hizo Dios las fieras según sus especies, los ganados según sus especies y los reptiles según sus especies. Y vio Dios que era bueno.
26Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra».
27Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó.
28Dios los bendijo; y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra».
29Y dijo Dios: «Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: os servirán de alimento.
30Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira». Y así fue.
2Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto.
2.
1Así quedaron concluidos el cielo, la tierra y todo el universo.
2Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho.
3Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó.
4Esta es la historia del cielo y de la tierra cuando fueron creados.El día en que el Señor Dios hizo tierra y cielo,
5no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado lluvia sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el suelo;
6pero un manantial salía de la tierra y regaba toda la superficie del suelo.
7Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo.
8Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado.
9El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.
10En Edén nacía un río que regaba el jardín, y allí se dividía en cuatro brazos:
11el primero se llama Pisón; rodea toda la tierra de Javilá, donde hay oro.
12El oro de este país es bueno; allí hay también bedelio y lapislázuli.
13El segundo río se llama Guijón; rodea toda la tierra de Cus.
14El tercero se llama Tigris y corre al este de Asiria. El cuarto es el Éufrates.
15El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara.
16El Señor Dios dio este mandato al hombre: «Puedes comer de todos los árboles del jardín,
17pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir».
18El Señor Dios se dijo: «No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle a alguien como él, que le ayude».
19Entonces el Señor Dios modeló de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó a Adán, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que Adán le pusiera.
20Así Adán puso nombre a todos los ganados, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontró ninguno como él, que le ayudase.
21Entonces el Señor Dios hizo caer un letargo sobre Adán, que se durmió; le sacó una costilla, y le cerró el sitio con carne.
22Y el Señor Dios formó, de la costilla que había sacado de Adán, una mujer, y se la presentó a Adán.
23Adán dijo: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será “mujer”, porque ha salido del varón».
24Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.
25Los dos estaban desnudos, Adán y su mujer, pero no sentían vergüenza uno de otro.
3.
1La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho.
2Y dijo a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?».
3La mujer contestó a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”».
4La serpiente replicó a la mujer: «No, no moriréis;
5es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal».
6Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió.
7Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.
8Cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, Adán y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín.
9El Señor Dios llamó a Adán y le dijo: «¿Dónde estás?».
19Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí».
11El Señor Dios le replicó: «¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».
12Adán respondió: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
13El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Qué has hecho?». La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí».
14El Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho eso, maldita tú | entre todo el ganado y todas las fieras del campo; | te arrastrarás sobre el vientre | y comerás polvo toda tu vida; |
15pongo hostilidad entre ti y la mujer, | entre tu descendencia y su descendencia; | esta te aplastará la cabeza | cuando tú la hieras en el talón».
16A la mujer le dijo:«Mucho te haré sufrir en tu preñez, | parirás hijos con dolor, | tendrás ansia de tu marido, | y él te dominará».
17A Adán le dijo: «Por haber hecho caso a tu mujer | y haber comido del árbol del que te prohibí, | maldito el suelo por tu culpa: | comerás de él con fatiga mientras vivas;
18brotará para ti cardos y espinas, | y comerás hierba del campo.
19Comerás el pan con sudor de tu frente, | hasta que vuelvas a la tierra, | porque de ella fuiste sacado; | pues eres polvo y al polvo volverás».
20Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.
21El Señor Dios hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió.
22Y el Señor Dios dijo: «He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros en el conocimiento del bien y el mal; no vaya ahora a alargar su mano y tome también del árbol de la vida, coma de él y viva para siempre».
23El Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado.
24Echó al hombre, y a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y una espada llameante que brillaba, para cerrar el camino del árbol de la vida.

Mateo

1.
1Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
2Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos.
3Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará, Fares engendró a Esrón, Esrón engendró a Arán,
4Arán engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón,
5Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé,
6Jesé engendró a David, el rey. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón,
7Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf,
8Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías,
9Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías,
1Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías;
11Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.
12Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel,
13Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor,
14Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquín, Aquín engendró a Eliud,
15Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob;
16y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
17Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Cristo, catorce.
18La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
19José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado.
20Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.
21Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
22Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta:
23«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».
24Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer.
25Y sin haberla conocido, ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús.
2.
1Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén
2preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
3Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él;
4convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.
5Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
6“Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”».
7Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella,
8y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
9Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
10Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría.
11Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
12Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.
13Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo».
14José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto
15y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
16Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos.
17Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
18«Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven».
19Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto
20y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño».
21Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.
22Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea
23y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno.
3.
1Por aquellos días, Juan el Bautista se presenta en el desierto de Judea, predicando:
2«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
3Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo: «Voz del que grita en el desierto: | “Preparad el camino del Señor, | allanad sus senderos”».
4Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
5Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y de la comarca del Jordán;
6confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
7Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?
8Dad el fruto que pide la conversión.
9Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras.
10Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego.
11Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
12Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».
13Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice.
14Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
15Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió.
16Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
17Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
4.
1Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo.
2Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
3El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
4Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
5Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo
6y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
7Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
8De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria,
9y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
10Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
11Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
12Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
13Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí,
14para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
15«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles.
16El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
17Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
18Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
19Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
20Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
21Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
22Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
23Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
24Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó.
25Y lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.
5.
5Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
9Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
11Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
12Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.
13Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
14Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
15Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
16Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.
17No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
18En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
19El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
20Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
21Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
22Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego.
23Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti,
24deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
25Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel.
26En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
27Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
28Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
29Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna.
30Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna.
31Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”.
32Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
33También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
34Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios;
35ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey.
36Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello.
37Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.
38Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”.
39Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra;
40al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto;
41a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos;
42a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
43Habéis oído que se dijo: “‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
44Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen,
45para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
46Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?
47Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?
48Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.
1Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos;
2y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
3«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
6.
1Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
2Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
3Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha;
4así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
5Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
6Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
7Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso.
8No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis.
9Vosotros orad así: “Padre nuestro que estás en el cielo, | santificado sea tu nombre,
10venga a nosotros tu reino, | hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
11danos hoy nuestro pan de cada día,
12perdona nuestras ofensas, | como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
13no nos dejes caer en la tentación, | y líbranos del mal”.
14Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial,
15pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.
16Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
17Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara,
18para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.
19No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban.
20Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban.
21Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
22La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz;
23pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!
24Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
25Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?
26Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
27¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
28¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan.
29Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos.
30Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?
31No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir.
32Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
33Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura.
34Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia.
7.
1No juzguéis, para que no seáis juzgados.
2Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros.
3¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
4¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo?
5Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.
6No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros.
7Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá;
8porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
9Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?;
10y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente?
11Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
12Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
13Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
14¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos.
15Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces.
16Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?
17Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos.
18Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos.
19El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego.
20Es decir, que por sus frutos los conoceréis.
21No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
22Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.
23Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”.
24El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.
25Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
26El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena.
27Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».
28Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, 29porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas.
11.
1Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, mandó a dos de sus discípulos,
2diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo.
3Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”».
4Fueron y encontraron el pollino en la calle atado a una puerta; y lo soltaron.
5Algunos de los presentes les preguntaron: «¿Qué hacéis desatando el pollino?».
6Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron.
7Llevaron el pollino, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó.
8Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo.
9Los que iban delante y detrás, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
10¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!».
11Entró Jesús en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce.
12Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre.
13Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos.
14Entonces le dijo: «Nunca jamás coma nadie frutos de ti». Los discípulos lo oyeron.
15Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas.
16Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo.
17Y los instruía diciendo: «¿No está escrito: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos”? Vosotros en cambio la habéis convertido en cueva de bandidos».
18Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con él.
19Cuando atardeció, salieron de la ciudad.
20A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz.
21Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús: «Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado».
22Jesús contestó: «Tened fe en Dios.
23En verdad os digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.
24Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis.
25Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».
26[«Mas si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos perdonará vuestras ofensas»]
27Volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos,
28y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?».
29Jesús les replicó: «Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto.
30El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme».
31Se pusieron a deliberar: «Si decimos que es del cielo, dirá: “¿Y por qué no le habéis creído?”.
32¿Pero cómo vamos a decir que es de los hombres?». (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta).
33Y respondieron a Jesús: «No sabemos». Jesús les replicó: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».
13.
24En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor,
25las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán.
26Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria;
27enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
28Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca;
29pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta.
30En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda.
31El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
32En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre.
33Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.
34Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
35Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer:
36no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
37Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!».
1Y cuando salía del templo le dijo uno de sus discípulos: «Maestro, mira qué piedras y qué edificaciones».
2Jesús le respondió: «¿Ves esos grandes edificios?; pues serán destruidos, sin que quede piedra sobre piedra».
3Y sentado en el monte de los Olivos, enfrente del templo, le preguntaron Pedro, Santiago, Juan y Andrés en privado:
4«Dinos, ¿cuándo sucederán estas cosas?, ¿y cuál será el signo de que todo esto está para cumplirse?».
5Jesús empezó a decirles: «Estad atentos para que nadie os engañe.
6Vendrán muchos en mi nombre, diciendo: “Yo soy”, y engañarán a muchos.
7Cuando oigáis hablar de guerras y noticias de guerra, no os alarméis. Todo esto ha de suceder, pero no es todavía el final;
8se levantará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá terremotos en diversos lugares, habrá hambres. Todo esto será el comienzo de los dolores.
9Mirad por vosotros mismos. Os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos.
10Es necesario que se anuncie antes el Evangelio a todos los pueblos.
11Pero cuando os conduzcan para entregaros, no os preocupéis por lo que habréis de decir; decid lo que se os inspire en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que habléis sino el Espíritu Santo.
12Y entregará a la muerte el hermano al hermano y el padre al hijo, y se levantarán hijos contra padres y se darán muerte;
13y seréis odiados por todos a causa de mi nombre, pero quien persevere hasta el fin se salvará.
14Cuando veáis la abominación de la desolación erigida donde no debe (el que lee, que entienda), entonces los que viven en Judea huyan a los montes,
15el que esté en la azotea no baje y no entre en casa a coger nada,
16y el que esté en el campo no vuelva a recoger su manto.
17¡Ay de las que estén encintas o criando en aquellos días!
18Orad para que no suceda en invierno.
19Porque aquellos días habrá una tribulación como jamás ha sucedido desde el principio de la creación, que Dios ha creado, hasta hoy, ni la volverá a haber.
20Si el Señor no acortase aquellos días, nadie podrá salvarse. Pero en atención a los elegidos que escogió se abreviarán.
21Y si entonces alguno os dice: “El Mesías está aquí o allí”, no le creáis.
22Porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, que harán signos y portentos para engañar, si fuera posible, a los elegidos.
23Pero vosotros estad atentos, que os he prevenido.
14.
1Faltaban dos días para la Pascua y los Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando cómo prender a Jesús a traición y darle muerte.
2Pero decían: «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo».
3Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y se lo derramó sobre la cabeza.
4Algunos comentaban indignados: «¿A qué viene este derroche de perfume?
5Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres». Y reprendían a la mujer.
6Pero Jesús replicó: «Dejadla, ¿por qué la molestáis? Una obra buena ha hecho conmigo.
7Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre.
8Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura.
9En verdad os digo que, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se hablará de lo que esta ha hecho, para memoria suya».
10Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a los sumos sacerdotes para entregárselo.
11Al oírlo, se alegraron y le prometieron darle dinero. Él andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
12El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?».
13Él envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo,
14y en la casa adonde entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”.
15Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí».
16Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua.
17Al atardecer fue él con los Doce.
18Mientras estaban a la mesa comiendo dijo Jesús: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo».
19Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro: «¿Seré yo?».
20Respondió: «Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo.
21El Hijo del hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre será entregado!; ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
22Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo».
23Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron.
24Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos.
25En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».
26Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos.
27Jesús les dijo: «Todos os escandalizaréis, como está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”.
28Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».
29Pedro le replicó: «Aunque todos caigan, yo no».
30Jesús le dice: «En verdad te digo que hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres».
31Pero él insistía: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y los demás decían lo mismo.
32Llegan a un huerto, que llaman Getsemaní, y dice a sus discípulos: «Sentaos aquí mientras voy a orar».
33Se lleva consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir espanto y angustia, y les dice:
34«Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad».
35Y, adelantándose un poco, cayó en tierra y rogaba que, si era posible, se alejase de él aquella hora;
36y decía: «¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».
37Vuelve y, al encontrarlos dormidos, dice a Pedro: «Simón ¿duermes?, ¿no has podido velar una hora?
38Velad y orad, para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
39De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras.
40Volvió y los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se les cerraban. Y no sabían qué contestarle.
41Vuelve por tercera vez y les dice: «Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.
42¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
43Todavía estaba hablando, cuando se presenta Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, mandada por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
44El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles: «Al que yo bese, es él: prendedlo y conducidlo bien sujeto».
45Y en cuanto llegó, acercándosele le dice: «¡Rabbí!». Y lo besó.
46Ellos le echaron mano y lo prendieron.
47Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
48Jesús tomó la palabra y les dijo: «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como si fuera un bandido?
49A diario os estaba enseñando en el templo y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras».
50Y todos lo abandonaron y huyeron.
51Lo iba siguiendo un muchacho envuelto solo en una sábana; y le echaron mano,
52pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.
53Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los escribas y los ancianos.
54Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del patio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados a la lumbre para calentarse.
55Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban.
56Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban.
57Y algunos, poniéndose de pie, daban falso testimonio contra él diciendo:
58«Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este templo, edificado por manos humanas, y en tres días construiré otro no edificado por manos humanas”».
59Pero ni siquiera en esto concordaban los testimonios.
60El sumo sacerdote, levantándose y poniéndose en el centro, preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
61Pero él callaba, sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?».
62Jesús contestó: «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo».
63El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?»
64Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?». Y todos lo declararon reo de muerte.
65Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían: «Profetiza». Y los criados le daban bofetadas.
66Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llega una criada del sumo sacerdote,
67ve a Pedro calentándose, lo mira fijamente y dice: «También tú estabas con el Nazareno, con Jesús».
68Él lo negó diciendo: «Ni sé ni entiendo lo que dices». Salió fuera al zaguán y un gallo cantó.
69La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes: «Este es uno de ellos».
70Pero él de nuevo lo negaba. Al poco rato, también los presentes decían a Pedro: «Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo».
71Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar: «No conozco a ese hombre del que habláis».
72Y enseguida, por segunda vez, cantó el gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: «Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres», y rompió a llorar.
20.
19y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
20Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
21Él le preguntó: «¿Qué deseas?». Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
22Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?». Contestaron: «Podemos».
23Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
24Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos.
25Y llamándolos, Jesús les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen.
26No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor,
27y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
28Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».
29Y al salir de Jericó le siguió una gran muchedumbre.
30Dos ciegos que estaban sentados al borde del camino oyeron que Jesús pasaba y se pusieron a gritar: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!».
31La muchedumbre los increpó para que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!».
32Entonces Jesús se detuvo, los llamó y les dijo: «¿Qué queréis que os haga?».
33Le respondieron: «Señor, que se abran nuestros ojos».
34Compadecido, Jesús les tocó los ojos, y al punto recobraron la vista y lo siguieron.
1Pues el reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña.
2Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
3Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo
4y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”.
5Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
6Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”.
7Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”.
8Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
9Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
10Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno.
11Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
12“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
13Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario?
14Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti.
15¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
16Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».
17Mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino:
18«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte
21.
1Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos
2diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis.
3Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».
4Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:
5«Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”».
6Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús:
7trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó.
8La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.
9Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».
10Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?».
11La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».
12Entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas.
13Y les dijo: «Está escrito: “Mi casa será casa de oración, pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos”».
14Se le acercaron en el templo ciegos y cojos, y los curó.
15Pero los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el templo «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron
16y le dijeron: «¿Oyes lo que dicen estos?». Y Jesús les respondió: «Sí; ¿no habéis leído nunca: “De la boca de los pequeñuelos y de los niños de pecho sacaré una alabanza”?».
17Y dejándolos salió de la ciudad, a Betania, donde pasó la noche.
18De mañana, camino de la ciudad, tuvo hambre.
19Viendo una higuera junto al camino se acercó, pero no encontró en ella nada más que hojas y le dijo: «¡Que nunca jamás brote fruto de ti!». E inmediatamente se secó la higuera.
20Al verlo los discípulos se admiraron y decían: «¿Cómo es que la higuera se ha secado de repente?».
21Jesús les dijo: «En verdad os digo que si tuvierais fe y no vacilaseis, no solo haríais lo de la higuera, sino que diríais a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y así se realizaría. 22Todo lo que pidáis orando con fe, lo recibiréis».
23Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?».
24Jesús les replicó: «Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto.
25El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?». Ellos se pusieron a deliberar: «Si decimos “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué no le habéis creído?”.
26Si le decimos “de los hombres”, tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta».
27Y respondieron a Jesús: «No sabemos». Él, por su parte, les dijo: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.
28¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”.
29Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue.
30Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
31¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Contestaron: «El primero». Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios.
32Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
33Escuchad otra parábola: «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
34Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían.
35Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
36Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo.
37Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”.
38Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”.
39Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.
40Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
41Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
42Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?
43Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.
44Y el que cayere sobre esta piedra se destrozará, y a aquel sobre quien cayere, lo aplastará».
45Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.
46Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.
28.
1Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro.
2Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima.
3Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve;
4los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos.
5El ángel habló a las mujeres: «Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado.
6No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía
7e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado».
8Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
9De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
10Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
11Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido.
12Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma,
13encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais.
14Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».
15Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.
16Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
17Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
18Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
19Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo;
20enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Marcos

1.
1Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
2Como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino;
3voz del que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos”»;
4se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
5Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados.
6Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
7Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias.
8Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».
9Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
10Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma.
11Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco».
12A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto.
13Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían.
14Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios;
15decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
16Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
17Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
18Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
19Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes.
20A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.
21Y entran en Cafarnaún y, al sábado siguiente, entra en la sinagoga a enseñar;
22estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas.
23Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
24«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
25Jesús lo increpó: «¡Cállate y sal de él!».
26El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él.
27Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
28Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
29Y enseguida, al salir ellos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés.
30La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella.
31Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
32Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados.
33La población entera se agolpaba a la puerta.
34Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.
35Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar.
36Simón y sus compañeros fueron en su busca y,
37al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca».
38Él les responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
39Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios.
40Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme».
41Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio».
42La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.
43Él lo despidió, encargándole severamente:
44«No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
45Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.
2.
1Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
2Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.
3Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro
4y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico.
5Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».
6Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
7«¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?».
8Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso?
9¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”?
10Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —dice al paralítico—:
11“Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”».
12Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».
13Salió de nuevo a la orilla del mar; toda la gente acudía a él y les enseñaba.
14Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: «Sígueme». Se levantó y lo siguió.
15Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían.
16Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?».
17Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».
18Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?».
19Jesús les contesta: «¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar.
20Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día.
21Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto —lo nuevo de lo viejo— y deja un roto peor.
22Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».
23Sucedió que un sábado atravesaba él un sembrado, y sus discípulos, mientras caminaban, iban arrancando espigas.
24Los fariseos le preguntan: «Mira, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
25Él les responde: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre,
26cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?».
27Y les decía: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado;
28así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».
4.
17pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben.
18Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra,
19pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril.
20Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
21Les decía: «¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?
22No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz.
23El que tenga oídos para oír, que oiga».
24Les dijo también: «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces.
25Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».
26Y decía: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra.
27Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.
28La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.
29Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
30Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos?
31Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña,
32pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
33Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender.
34Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
35Aquel día, al atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla».
36Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban.
37Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua.
38Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
39Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma.
40Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
41Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».
1Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar.
2Les enseñaba muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos:
3«Escuchad: salió el sembrador a sembrar;
4al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron.
5Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida;
6pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó.
7Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no dio grano.
8El resto cayó en tierra buena; nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
9Y añadió: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
10Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.
11Él les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas,
12para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”».
13Y añadió: «¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a conocer todas las demás?
14El sembrador siembra la palabra.
15Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.
16Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría,
5.
1Y llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos.
2Apenas desembarcó, le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo.
3Y es que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo;
4muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para dominarlo.
5Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras.
6Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él
7y gritó con voz potente: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes».
8Porque Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre».
9Y le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos».
10Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca.
11Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte.
12Los espíritus le rogaron: «Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos».
13Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar.
14Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado.
15Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron.
16Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos.
17Ellos le rogaban que se marchase de su comarca.
18Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él.
19Pero no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti».
20El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.
21Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.
22Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies,
23rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
24Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
25Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años.
26Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor.
27Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto,
28pensando: «Con solo tocarle el manto curaré».
29Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
30Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?».
31Los discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”».
32Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto.
33La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.
34Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
35Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
36Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe».
37No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.
38Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos
39y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
40Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña,
41la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
42La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
43Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
6.
1Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
2Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?
3¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
4Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
5No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos.
6Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
7Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos.
8Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja;
9que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
10Y decía: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
11Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
12Ellos salieron a predicar la conversión,
13echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
14Como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
15Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos».
16Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
17Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo,
18y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
19Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía,
20porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
21La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
22La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
23Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
24Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista».
25Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
26El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla.
27Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel,
28trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
29Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.
30Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
31Él les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
32Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
33Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.
34Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
35Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y ya es muy tarde.
36Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer».
37Él les replicó: «Dadles vosotros de comer». Ellos le preguntaron: «¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?».
38Él les dijo: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver». Cuando lo averiguaron le dijeron: «Cinco, y dos peces».
39Él les mandó que la gente se recostara sobre la hierba verde en grupos.
40Ellos se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta.
41Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces.
42Comieron todos y se saciaron,
43y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces.
44Los que comieron eran cinco mil hombres.
45Enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente.
46Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar.
47Llegada la noche, la barca estaba en mitad del mar y Jesús, solo, en tierra.
48Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
49Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito,
50porque todos lo vieron y se asustaron. Pero él habló enseguida con ellos y les dijo: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
51Entró en la barca con ellos y amainó el viento. Ellos estaban en el colmo del estupor,
52pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada.
53Terminada la travesía, llegaron a Genesaret y atracaron.
54Apenas desembarcados, lo reconocieron
55y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas.
56En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que la tocaban se curaban.
12.
1Se puso a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
2A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña.
3Ellos lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías.
4Les envió de nuevo otro criado; a este lo descalabraron e insultaron.
5Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron.
6Le quedaba uno, su hijo amado. Y lo envió el último, pensando: “Respetarán a mi hijo”.
7Pero los labradores se dijeron: “Este es el heredero. Venga, lo matamos y será nuestra la herencia”.
8Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
9¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros.
10¿No habéis leído aquel texto de la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
11Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?».
12Intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente y, dejándolo allí, se marcharon.
13Le envían algunos de los fariseos y de los herodianos, para cazarlo con una pregunta.
14Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?».
15Adivinando su hipocresía, les replicó: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea». 16Se lo trajeron. Y él les preguntó: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le contestaron: «Del César».
17Jesús les replicó: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Y se quedaron admirados.
18Se le acercan unos saduceos, los cuales dicen que no hay resurrección, y le preguntan:
19«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, que se case con la viuda y dé descendencia a su hermano”.
20Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos;
21el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero;
22y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer.
23Cuando llegue la resurrección y resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella».
24Jesús les respondió: «¿No estáis equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios?
25Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo.
26Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”?
27No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados».
28Un escriba que oyó la discusión, viendo lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
29Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor:
30amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”.
31El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
32El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él;
33y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
34Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
35Mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: «¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David?
36El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”.
37Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?». Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto.
38Y él, instruyéndolos, les decía: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas,
39buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes;
40y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».
41Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho;
42se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.
43Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie.
44Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».
16.
1Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús.
2Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro.
3Y se decían unas a otras: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?».
4Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida y eso que era muy grande.
5Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y quedaron aterradas.
6Él les dijo: «No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron.
7Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo”».
8Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían.
9Resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios.
10Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.
11Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
12Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.
13También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.
14Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
15Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
16El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
17A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas,
18cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».
19Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
20Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Lucas

1.
1Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros,
2como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra,
3también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio,
4para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
5En los días de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote de nombre Zacarías, del turno de Abías, casado con una descendiente de Aarón, cuyo nombre era Isabel.
6Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin falta según los mandamientos y leyes del Señor.
7No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada.
8Una vez que oficiaba delante de Dios con el grupo de su turno,
9según la costumbre de los sacerdotes, le tocó en suerte a él entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso;
10la muchedumbre del pueblo estaba fuera rezando durante la ofrenda del incienso.
11Y se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso.
12Al verlo, Zacarías se sobresaltó y quedó sobrecogido de temor.
13Pero el ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan.
14Te llenarás de alegría y gozo, y muchos se alegrarán de su nacimiento.
15Pues será grande a los ojos del Señor: no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno,
16y convertirá muchos hijos de Israel al Señor, su Dios.
17Irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes, a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto».
18Zacarías replicó al ángel: «¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada».
19Respondiendo el ángel, le dijo: «Yo soy Gabriel, que sirvo en presencia de Dios; he sido enviado para hablarte y comunicarte esta buena noticia.
20Pero te quedarás mudo, sin poder hablar, hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento oportuno».
21El pueblo, que estaba aguardando a Zacarías, se sorprendía de que tardase tanto en el santuario.
22Al salir no podía hablarles, y ellos comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Él les hablaba por señas, porque seguía mudo.
23Al cumplirse los días de su servicio en el templo, volvió a casa.
24Días después concibió Isabel, su mujer, y estuvo sin salir de casa cinco meses, diciendo:
25«Esto es lo que ha hecho por mí el Señor, cuando se ha fijado en mí para quitar mi oprobio ante la gente».
26En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret,
27a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
28El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
29Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel.
30El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios.
31Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.
32Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre;
33reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
34Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?».
35El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios.
36También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril,
37porque para Dios nada hay imposible».
38María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.
39En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá;
40entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
41Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo
42y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
43¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
44Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
45Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
46María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor,
47se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
48porque ha mirado la humildad de su esclava. | Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
49porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: | su nombre es santo,
50y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
51Él hace proezas con su brazo: | dispersa a los soberbios de corazón,
52derriba del trono a los poderosos | y enaltece a los humildes,
53a los hambrientos los colma de bienes | y a los ricos los despide vacíos.
54Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
55—como lo había prometido a nuestros padres— | en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
56María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa.
57A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo.
58Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
59A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre;
60pero la madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan».
61Y le dijeron: «Ninguno de tus parientes se llama así».
62Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase.
63Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados.
64Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
65Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea.
66Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él.
67Entonces Zacarías, su padre, se llenó de Espíritu Santo y profetizó diciendo:
68«Bendito sea el Señor, Dios de Israel, | porque ha visitado y redimido a su pueblo,
69suscitándonos una fuerza de salvación | en la casa de David, su siervo,
70según lo había predicho desde antiguo | por boca de sus santos profetas.
71Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos | y de la mano de todos los que nos odian;
72realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, | recordando su santa alianza
73y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán para concedernos
74que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, | le sirvamos
75con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.
76Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, | porque irás delante del Señor a preparar sus caminos,
77anunciando a su pueblo la salvación | por el perdón de sus pecados.
78Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, | nos visitará el sol que nace de lo alto,
79para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, | para guiar nuestros pasos por el camino de la paz».
80El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.
2.
33Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
34Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción
35—y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
36Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada,
37y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día.
38Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
39Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
40El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.
41Sus padres solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua.
42Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre
43y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
44Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos;
45al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo.
46Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas.
47Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
48Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
49Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
50Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
51Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón.
52Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.
1Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio.
2Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria.
3Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad.
4También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea,
5para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta.
6Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto
7y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.
8En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.
9De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor.
10El ángel les dijo: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo:
11hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.
12Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
13De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo:
14«Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
15Y sucedió que, cuando los ángeles se marcharon al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado».
16Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.
17Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
18Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores.
19María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
20Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
21Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.
22Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor,
23de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor»,
24y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
25Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él.
26Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.
27Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley,
28Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
29«Ahora, Señor, según tu promesa, | puedes dejar a tu siervo irse en paz.
30Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
31la quien has presentado ante todos los pueblos:
32luz para alumbrar a las naciones | y gloria de tu pueblo Israel».
3.
1En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene,
2bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
3Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados,
4como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Voz del que grita en el desierto: | Preparad el camino del Señor, | allanad sus senderos;
5los valles serán rellenados, | los montes y colinas serán rebajados; | lo torcido será enderezado, | lo escabroso será camino llano.
6Y toda carne verá la salvación de Dios».
7A los que venían para ser bautizados les decía: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?
8Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar de estas piedras hijos de Abrahán.
9Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego».
10La gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos hacer?».
11Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
12Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?».
13Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido».
14Unos soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».
15Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías,
16Juan les respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego;
17en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».
18Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.
19El tetrarca Herodes, a quien Juan reprendía por el asunto de Herodías, esposa de su hermano, y por todas las maldades que había hecho,
20añadió a todas ellas la de encerrar a Juan en la cárcel.
21Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos,
22bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».
23Jesús, al empezar, tenía unos treinta años, y se pensaba que era hijo de José, que a su vez era de Helí,
24de Matat, de Leví, de Melquí, de Jannaí, de José,
26de Maat, de Matatías, de Semeín, de Josec, de Jodá,
27de Joanán, de Resá, de Zorobabel, de Salatiel, de Nerí,
28de Melquí, de Addí, de Cosán, de Elmadán, de Er,
29de Jesús, de Eliezer, de Jorín, de Matat, de Leví,
30de Simeón, de Judá, de José, de Jonán, de Eliacín,
31de Meleá, de Mená, de Matatá, de Natán, de David,
32de Jesé, de Jobed, de Booz, de Salá, de Naasón,
33de Aminadab, de Admín, de Arní, de Esrón, de Fares, de Judá,
34de Jacob, de Isaac, de Abrahán, de Tare, de Nacor,
35de Seruc, de Ragau, de Fálec, de Eber, de Salá,
36de Cainán, de Arfaxad, de Sem, de Noé, de Lámec,
37de Matusalén, de Henoc, de Járet, de Maleleel, de Cainán,
38de Enós, de Set, de Adán, de Dios.
25de Matatías, de Amós, de Nahún, de Eslí, de Nagái,
4.
1Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando
2durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo. En todos aquellos días estuvo sin comer y, al final, sintió hambre.
3Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan».
4Jesús le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre”».
5Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo
6y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero.
7Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo».
8Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
9Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo,
1010porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden”,
11y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra ninguna piedra”».
12Respondiendo Jesús, le dijo: «Está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
13Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión.
14Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca.
15Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
16Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura.
17Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
18«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos;
19a proclamar el año de gracia del Señor».
20Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
21Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
22Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?».
23Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
24Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo.
25Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país;
26sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón.
27Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
28Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos
29y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
3030Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
31Y bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
32Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.
33Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz:
34«¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
35Pero Jesús le increpó diciendo: «¡Cállate y sal de él!». Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.
36Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: «¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen».
37Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.
38Al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella.
39Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
40Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
41De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
42Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos.
43Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».
44Y predicaba en las sinagogas de Judea.
5.
1Una vez que la gente se agolpaba en torno a él para oír la palabra de Dios, estando él de pie junto al lago de Genesaret,
2vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
3Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
4Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».
5Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
6Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse.
7Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.
8Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».
9Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido;
10y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
11Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
12Sucedió que, estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús, cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».
13Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida la lepra se le quitó.
14Y él le ordenó no comunicarlo a nadie; y le dijo: «Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación según mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
15Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírlo y a que los curara de sus enfermedades.
16Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración.
17Un día estaba él enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor estaba con él para realizar curaciones.
18En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él.
19No encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús.
20Él, viendo la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus pecados están perdonados».
21Entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos: «¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?».
22Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, respondió y les dijo:
23«¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”?
24Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: “A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa”».
25Y, al punto, levantándose a la vista de ellos, tomó la camilla donde había estado tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios.
26El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios. Y, llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto maravillas».
27Después de esto, salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme».
28Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.
29Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros.
30Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús: «¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?».
31Jesús les respondió: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos.
32No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
33Pero ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber».
34Jesús les dijo: «¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos?
35Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días».
36Les dijo también una parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo.
37Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán.
38A vino nuevo, odres nuevos. 39Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».
6.
1Un sábado, iba él caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos.
2Unos fariseos dijeron: «¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?».
3Respondiendo Jesús, les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros sintieron hambre?
4Entró en la casa de Dios, y tomando los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a los que estaban con él».
5Y les decía: «El Hijo del hombre es señor del sábado».
6Otro sábado, entró él en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada.
7Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.
8Pero él conocía sus pensamientos y dijo al hombre de la mano atrofiada: «Levántate y ponte en medio». Y, levantándose, se quedó en pie.
9Jesús les dijo: «Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?».
10Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo: «Extiende tu mano». Él lo hizo y su mano quedó restablecida.
11Pero ellos, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús.
12En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios.
13Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles:
14Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé,
15Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Simón, llamado el Zelote;
16Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.
17Después de bajar con ellos, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
18Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados,
19y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.
20Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
21Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.
22Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre.
23Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
24Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!
25¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
26¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas.
27En cambio, a vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian,
28bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.
29Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica.
30A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
31Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.
32Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman.
33Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.
34Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
35Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
36Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.
37No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados;
38dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».
39Les dijo también una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
40No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.
41¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
42¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
43Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno;
44por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
45El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.
46¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?
47Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece:
48se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida.
49El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».
7.
1Cuando terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo, entró en Cafarnaún.
2Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho.
3Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado.
4Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas,
5porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga».
6Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo;
7por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano.
8Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
9Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe».
10Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.
11Poco tiempo después iba camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío.
12Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.
13Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores».
14Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!».
15El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre.
16Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
17Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante.
18Los discípulos de Juan le contaron todo esto. Y Juan, llamando a dos de sus discípulos,
19los envió al Señor diciendo: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?».
20Los hombres se presentaron ante él y le dijeron: «Juan el Bautista nos ha mandado a ti para decirte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”».
21En aquella hora curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista.
22Y respondiendo, les dijo: «Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados.
23Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
24Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, se puso a hablar a la gente acerca de Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?
25Pues ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que se visten fastuosamente y viven entre placeres están en los palacios reales.
26Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.
27Este es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”.
28Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él».
29Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo.
30Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos.
31«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?
32Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de: “Hemos tocado la flauta | y no habéis bailado, | hemos entonado lamentaciones, | y no habéis llorado”
33Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”;
34vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
35Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».
36Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa.
37En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y,
38colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
39Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».
40Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro».
41«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta.
42Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
43Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y él le dijo: «Has juzgado rectamente».
44Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos.
45Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies.
46Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume.
4747Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
48Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados».
49Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
50Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
8.
1Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce,
2y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios;
3Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.
4Habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo en parábola:
5«Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron.
6Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad.
7Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron.
8Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
9Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.
10Él dijo: «A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
11El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.
12Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
13Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.
14Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
15Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.
16Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o la mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entren vean la luz.
17Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público.
18Mirad, pues, cómo oís, pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener».
19Vinieron a él su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
20Entonces le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
21Él respondió diciéndoles: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
22Un día subió él a una barca junto con sus discípulos y les dijo: «Vamos a cruzar a la otra orilla del lago»; y se hicieron a la mar.
23Mientras iban navegando, se quedó dormido. E irrumpió sobre el lago un torbellino de viento, se hundían y estaban en peligro.
24Entonces se acercan a él y le despiertan diciendo: «Maestro, Maestro, ¡que perecemos!». Y él, despertándose, conminó al viento y al oleaje del agua, que se apaciguaron, y sobrevino la calma.
25Y les dijo: «¿Dónde está vuestra fe?». Ellos, por su parte, llenos de temor y admiración, se decían unos a otros: «¿Pues quién es este que da órdenes incluso al viento y al agua y lo obedecen?».
26Y arribaron a la región de los gerasenos, que está frente a Galilea.
27Al saltar a tierra, le salió al encuentro desde la ciudad un hombre poseído de demonios, que durante mucho tiempo no vestía ropa alguna ni moraba en casa, sino en los sepulcros.
28Pero, al ver a Jesús, se puso a gritar, se postró ante él y le dijo a voces: «¿Qué hay entre tú y yo, Jesús, hijo del Dios altísimo? Te ruego que no me atormentes».
29Porque él estaba mandando al espíritu inmundo que saliera del hombre. Y es que muchas veces se apoderaba de él y tenían que atarlo con cadenas y asegurarlo con grillos, pero, rompiendo las ligaduras, el demonio le empujaba a los despoblados.
30Jesús, por su parte, le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Él dijo: «Legión», porque habían entrado muchos demonios en él.
31Y le rogaban que no les mandase irse al abismo.
32Como había allí una piara numerosa de cerdos, paciendo en el monte, le pidieron que les permitiese entrar dentro de ellos y se lo permitió.
33Entonces, saliendo los demonios del hombre, entraron en los cerdos y la piara se lanzó, despeñadero abajo, al lago y se ahogó.
34Al ver los porqueros lo sucedido, huyeron y lo contaron por la ciudad y por los cortijos.
35Vinieron, pues, a ver lo sucedido. Llegaron junto a Jesús y encontraron al hombre del que habían salido los demonios sentado a sus pies, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor.
36Entonces, los que lo habían visto les contaron cómo había sido curado el endemoniado.
37Y le rogó toda la gente de la comarca de los gerasenos que se marchase de entre ellos, porque estaban llenos de miedo. Él, pues, subió a la barca y regresó.
38El hombre de quien habían salido los demonios le pedía quedarse con él, pero lo despidió diciendo:
39«Vuelve a tu casa y da a conocer cuanto te ha hecho Dios». Partió, pues, por toda la ciudad proclamando todo cuanto le había hecho Jesús.
40Al regresar Jesús, la gente lo acogió bien, pues todos lo estaban esperando.
41Llegó entonces un hombre, llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y echándose a los pies de Jesús le rogaba que entrase en su casa,
42pues tenía una hija única, de unos doce años, que se estaba muriendo. Cuando caminaba con él, la gente lo apretujaba.
43Entonces una mujer que desde hacía doce años sufría flujos de sangre y que había gastado en médicos todos sus recursos sin que ninguno pudiera curarla,
44acercándose por detrás, tocó el borde de su manto y, al instante, cesó el flujo de sangre.
45Y dijo Jesús: «¿Quién es el que me ha tocado?». Como todos lo negaban, dijo Pedro: «Maestro, la gente te está apretujando y estrujando».
46Pero Jesús dijo: «Alguien me ha tocado, pues he sentido que una fuerza ha salido de mí».
47Viendo la mujer que no había podido pasar inadvertida, se acercó temblorosa y, postrándose a sus pies, contó ante todo el pueblo la causa por la que le había tocado y cómo había sido curada al instante.
48Pero Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz».
49Estaba todavía hablando, cuando llega uno de casa del jefe de la sinagoga diciendo: «Tu hija ha muerto, no molestes más al Maestro».
50Pero Jesús, oído esto, le respondió: «No temas, basta que creas y se salvará».
51Al llegar a la casa, no dejó entrar con él más que a Pedro, Santiago y Juan y al padre de la niña y la madre.
52Todos lloraban y hacían duelo por ella, pero él dijo: «No lloréis, porque no ha muerto, sino que está dormida».
53Y se reían de él, sabiendo que había muerto.
54Pero él, tomándola de la mano, dijo en voz alta: «Niña, levántate».
55Y retornó su espíritu y se levantó al instante. Y ordenó que le dieran de comer.
56Sus padres quedaron atónitos, pero Jesús les ordenó que no dijeran a nadie lo sucedido.
10.
11Después de esto, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
12Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
13¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos.
14No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
15Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”.
16Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
17Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa.
18Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan,
19curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”.
110Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid:
111“Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”.
112Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad.
113¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Pues si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza.
114Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras.
115Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.
116Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado».
117Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
118Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo.
119Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno.
220Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
221En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
222Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
223Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!
224Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».
225En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
226Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
227Él respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo».
228Él le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
229Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?».
330Respondió Jesús diciendo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.
331Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.
332Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
333Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció,
334y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó.
335Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.
336¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
337Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».
338Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
339Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
440Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
441Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas;
442solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
11.
1Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
2Él les dijo: «Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino,
3danos cada día nuestro pan cotidiano,
4perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».
5Y les dijo: «Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes,
6pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”;
7y, desde dentro, aquel le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”;
8os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
9Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá;
10porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
11¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez?
12¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
13Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».
14Estaba Jesús echando un demonio que era mudo. Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada,
15pero algunos de ellos dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
16Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo.
17Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa.
18Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú.
19Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces.
20Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
21Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros,
22pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
23El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.
24Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice: “Volveré a mi casa de donde salí”.
25Al volver se la encuentra barrida y arreglada.
26Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio».
27Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
28Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
29Estaba la gente apiñándose alrededor de él y se puso a decirles: «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás.
30Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.
31La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.
32Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.
33Nadie enciende una lámpara y la pone en un lugar oculto o debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que los que entran vean la luz.
34La lámpara del cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está sano, también todo tu cuerpo está iluminado, pero cuando está enfermo, también tu cuerpo está a oscuras.
35Por eso, ten cuidado de que la luz que hay en ti no sea oscuridad.
36Por tanto, si todo tu cuerpo está iluminado, sin tener parte alguna oscura, estará enteramente iluminado, igual que cuando una lámpara te ilumina con su resplandor».
37Cuando terminó de hablar, un fariseo le rogó que fuese a comer con él. Él entró y se puso a la mesa.
38Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer,
39el Señor le dijo: «Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad.
40¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro?
41Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo.
42Pero ¡ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de hortalizas, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto es lo que había que practicar, sin descuidar aquello.
43¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y los saludos en las plazas!
44¡Ay de vosotros, que sois como tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!».
45Le replicó un maestro de la ley: «Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros».
46Y él dijo: «¡Ay de vosotros también, maestros de la ley, que cargáis a los hombres cargas insoportables, mientras vosotros no tocáis las cargas ni con uno de vuestros dedos!
47¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, a quienes mataron vuestros padres!
48Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron y vosotros les edificáis mausoleos.
49Por eso dijo la Sabiduría de Dios: “Les enviaré profetas y apóstoles: a algunos de ellos los matarán y perseguirán”;
50y así a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo;
51desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario. Sí, os digo: se le pedirá cuenta a esta generación.
52¡Ay de vosotros, maestros de la ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia: vosotros no habéis entrado y a los que intentaban entrar se lo habéis impedido!».
53Al salir de allí, los escribas y fariseos empezaron a acosarlo implacablemente y a tirarle de la lengua con muchas preguntas capciosas,
54tendiéndole trampas para cazarlo con alguna palabra de su boca.
24.
1El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado.
2Encontraron corrida la piedra del sepulcro.
3Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús.
4Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes.
5Ellas quedaron despavoridas y con las caras mirando al suelo y ellos les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
6No está aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea,
7cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar».
8Y recordaron sus palabras.
9Habiendo vuelto del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás.
10Eran María la Magdalena, Juana y María, la de Santiago. También las demás, que estaban con ellas, contaban esto mismo a los apóstoles.
11Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron.
12Pedro, sin embargo, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve solo los lienzos. Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido.
13Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
14iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido.
15Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos.
16Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
17Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido.
18Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
19Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo;
20cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.
21Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió.
22Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro,
23y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo.
24Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
25Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!
26¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
27Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
28Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando;
29pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos.
30Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.
31A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
32Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
33Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros,
34que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
35Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
3636Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros».
37Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
38Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón?
39Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
40Dicho esto, les mostró las manos y los pies.
41Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?».
42Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado.
43Él lo tomó y comió delante de ellos.
44Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí»
45Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
46Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día
47y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
48Vosotros sois testigos de esto.
49Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
50Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo.
51Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo.
52Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría;
53Y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Juan

1.
1En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios
2Él estaba en el principio junto a Dios.
3Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
4En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
5Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
6Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan:
7este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
8No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
9El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
10En el mundo estaba; | el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
11Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
12Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
13Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, | ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
14Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
15Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
16Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
17Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.
18A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
19Y este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?».
20Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías».
21Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?». Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?». Respondió: «No».
22Y le dijeron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
23Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías».
24Entre los enviados había fariseos
25y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
26Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis,
27el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia».
28Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.
29Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
30Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”.
31Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
32Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
33Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
34Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».
35Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y,
36fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios».
37Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús.
38Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?».
39Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima.
40Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús;
41encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)».
42Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».
43Al día siguiente, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme».
44Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro.
45Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret».
46Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Felipe le contestó: «Ven y verás».
47Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
48Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?». Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
49Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
50Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores».
51Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».
2.
2Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
3Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino».
4Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».
5Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».
6Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
7Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba.
8Entonces les dice: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo llevaron.
9El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo
10y le dice: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».
11Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.
12Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.
13Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.
14Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y,
15haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas;
16y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».
17Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».
18Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?».
19Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré».
20Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».
21Pero él hablaba del templo de su cuerpo.
22Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
23Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía;
24pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos
25y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.
1A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.
8.
1Por su parte, Jesús se retiró al monte de los Olivos.
2Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
3Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio,
4le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
5La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
6Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
7Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
8E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
9Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
10Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
11Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
12Jesús les habló de nuevo diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
13Le dijeron los fariseos: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero».
14Jesús les contestó: «Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y adónde voy; en cambio, vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy.
15Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie;
16y, si juzgo yo, mi juicio es legítimo, porque no estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre;
17y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero.
18Yo doy testimonio de mí mismo, y además da testimonio de mí el que me ha enviado, el Padre».
19Ellos le preguntaban: «¿Dónde está tu Padre?». Jesús contestó: «Ni me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre».
20Jesús tuvo esta conversación junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.
21De nuevo les dijo: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros».
22Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?».
23Y él les dijo: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.
24Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados».
25Ellos le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les contestó: «Lo que os estoy diciendo desde el principio.
26Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él».
27Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.
28Y entonces dijo Jesús: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado.
29El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».
30Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.
31Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos;
32conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
33Le replicaron: «Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?».
34Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo.
35El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre.
36Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres.
37Ya sé que sois linaje de Abrahán; sin embargo, tratáis de matarme, porque mi palabra no cala en vosotros.
38Yo hablo de lo que he visto junto a mi Padre, pero vosotros hacéis lo que le habéis oído a vuestro padre».
39Ellos replicaron: «Nuestro padre es Abrahán». Jesús les dijo: «Si fuerais hijos de Abrahán, haríais lo que hizo Abrahán.
40Sin embargo, tratáis de matarme a mí, que os he hablado de la verdad que le escuché a Dios; y eso no lo hizo Abrahán.
41Vosotros hacéis lo que hace vuestro padre». Le replicaron: «Nosotros no somos hijos de prostitución; tenemos un solo padre: Dios».
42Jesús les contestó: «Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais, porque yo salí de Dios, y he venido. Pues no he venido por mi cuenta, sino que él me envió.
43¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra.
44Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo porque es mentiroso y padre de la mentira.
45En cambio, a mí, porque os digo la verdad, no me creéis.
46¿Quién de vosotros puede acusarme de pecado? Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis?
47El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no escucháis, porque no sois de Dios».
48Le respondieron los judíos: «¿No decimos bien nosotros que eres samaritano y que tienes un demonio?».
49Contestó Jesús: «Yo no tengo demonio, sino que honro a mi Padre y vosotros me deshonráis a mí.
50Yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga.
51En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
52Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”?
53¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?».
54Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”,
55aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra.
56Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría».
57Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?».
58Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy».
59Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.
13.
1Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
2Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo;
3y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía,
4se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe;
5luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
6Llegó a Simón Pedro y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».
7Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».
8Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».
9Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza».
10Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».
1111Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».
1212Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?
13Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy.
14Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros:
15os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.
16En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía.
17Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica.
18No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”.
19Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.
20En verdad, en verdad os digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».
21Diciendo esto, Jesús se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».
22Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
23Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús.
24Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
25Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?».
26Le contestó Jesús: «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado». Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
27Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto».
28Ninguno de los comensales entendió a qué se refería.
29Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.
30Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
31Cuando salió, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él.
32Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
33Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: «Donde yo voy no podéis venir vosotros».
34Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros.
35En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».
36Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
37Pedro replicó: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
38Jesús le contestó: «¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces.